La nota periodística fue breve: un adolescente de 15 años se suicidó supuestamente luego de ser reprochado por su madre debido a sus bajas calificaciones en el colegio. Siempre había sido primer alumno.
Este hecho nos lleva a plantearnos el desafío que se juega con el tema del principio de “interés superior del niño” incorporado en el Código de la Niñez y la Adolescencia, y que se cruza con el derecho a la educación. Este último básicamente encuentra su fundamento en el “interés superior del educando”. Por esto es que el derecho a la educación se realiza efectivamente como derecho al aprendizaje y no se reduce simplemente al acceso, a la permanencia, al egreso o a la gratuidad. Todo esto tiene sentido sólo si se produce aprendizaje significativo que implica reconocer al educando como sujeto que se construye y no mirarlo como objeto en construcción.
Precisamente el principio del interés superior está para proteger la dignidad del educando tanto de la omnipotencia Estatal como del arbitrio parental, y por esta misma razón es que el derecho a la educación exige de los padres y de las madres aprender una nueva forma de amar a los hijos. Es que a partir del derecho a la educación, la educación como proceso ya no se centra en la tierra de los adultos, ni en el sol de la infancia sino en un universo donde existen sujetos iguales en dignidad y derechos.
¿Cómo pensar/producir una experiencia de paternidad/maternidad que no pase por las categorías del poder y del tener en relación con los hijos?. Levinas lo expresó mejor: “La filiación es una relación con alguien ajeno en la que el ser ajeno es radicalmente otro, y en la que, con todo, es también, en cierto modo, yo”. Entonces, el derecho a la educación se juega también no sólo en el aula sino en una relación padres/hijos que asume el siguiente desafío: “aceptar al niño como un don, renunciar a ejercer con él nuestro deseo de dominio, despojarse, en cierto modo, de nuestra propia función generadora sin con ello renunciar a nuestra influencia ni tratar de abolir una filiación sin la cual él no podría conquistar su identidad” (Philippe Meirieu, Frankenstein educador). Suicidios como el de la nota periodística evitariamos con esta actitud.
